¿Puede un fermentado de Aspergillus mejorar el desempeño del pollo de engorda desde los primeros días?

Un estudio reciente de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) pone a prueba esa posibilidad. Pero antes de entrar en los resultados, vale la pena entender por qué este tipo de investigación importa.

La industria avícola lleva años buscando alternativas a los promotores de crecimiento tradicionales. Con restricciones cada vez mayores al uso de antibióticos promotores de crecimiento (APC) en muchos mercados, y una presión constante por mejorar eficiencia sin comprometer salud animal, la nutrición funcional se ha convertido en un campo de investigación activo.

Dentro de esa búsqueda, los aditivos derivados de fermentación fúngica han ganado terreno como candidatos serios. La lógica detrás de ellos no es nueva: durante el proceso de fermentación, hongos como Aspergillus generan metabolitos secundarios —enzimas, ácidos orgánicos, compuestos bioactivos— que el animal puede aprovechar directamente, sin necesidad de que su propio sistema digestivo los sintetice desde cero.

¿Por qué la etapa de iniciación es crítica?

En pollo de engorda, los primeros 21 días de vida son una ventana especialmente sensible. Es cuando el ave desarrolla su capacidad digestiva y enzimática, establece su microbiota intestinal y construye las bases de su sistema inmune. Cualquier desafío en esta etapa —ya sea estrés térmico, calidad variable de materias primas, presencia de micotoxinas o simplemente la transición de una dieta líquida a una sólida— puede dejar huella en el desempeño de todo el ciclo productivo.

Por eso, las estrategias nutricionales dirigidas específicamente a esta fase tienen un peso desproporcionado: no se trata solo de “alimentar más”, sino de ayudar al ave a digerir y absorber mejor lo que ya está consumiendo, y a mantener la integridad de su intestino bajo condiciones de estrés.

¿Dónde entra Aspergillus?

Las harinas de fermentación de solubles de Aspergillus secos se posicionan justamente en ese espacio. Se les atribuye un papel en mejorar la integridad intestinal, reducir la inflamación sistémica y disminuir el estrés oxidativo —tres factores que, cuando se descontrolan, suelen traducirse en peor conversión alimenticia y menor ganancia de peso.

En particular, Aspergillus oryzae ha mostrado beneficios en conversión alimenticia bajo condiciones de estrés o digestión deficiente. La explicación propuesta es que sus metabolitos favorecen la absorción de nutrientes y contribuyen al control de micotoxinas y patógenos presentes en el tracto digestivo.

Hasta aquí, todo suena prometedor en el plano teórico. La pregunta real para cualquier nutricionista o productor es otra: ¿se traduce esto en resultados medibles bajo condiciones controladas?

 

Para responder eso, un equipo del Centro de Enseñanza, Investigación y Extensión en Producción Avícola (CEIEPAv), de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, diseñó un ensayo con pollos durante sus primeras 3 semanas de vida: probaron distintas cantidades del producto en la dieta y compararon su crecimiento contra un grupo que no lo recibió.

Los resultados fueron claros: los pollos que recibieron la dosis intermedia del producto crecieron notablemente más que el resto (alrededor de 750 gramos de peso final, comparado con 716 gramos del grupo sin aditivo). Curiosamente, comieron prácticamente la misma cantidad de alimento que los demás grupos. Es decir, no crecieron más porque comieron más, sino porque aprovecharon mejor su alimento.

El hallazgo apunta a una dosis óptima más que a una relación lineal de “a más inclusión, mejor respuesta” — algo consistente con cómo suelen comportarse los aditivos basados en metabolitos fúngicos. Los propios investigadores reconocen una limitación: el estudio cubre solo la fase de iniciación, y sugieren extender la evaluación al ciclo productivo completo de 6 semanas para confirmar si el efecto se mantiene en etapas posteriores.

Para quienes formulan dietas o evalúan aditivos funcionales, contar con evidencia de diseño controlado y respaldo académico —en este caso, de la UNAM— ofrece una base más sólida para decidir sobre inclusión de este tipo de productos. El siguiente paso, como señalan los propios investigadores, será confirmar si este efecto se sostiene durante todo el ciclo productivo.

Fuente

Sánchez, K., Miguel Iriarte, J., Ávila, E., Priego, C., y Cortes, A. (2026). Evaluación de Pri-A-Ferm como promotor del crecimiento en dietas maíz-soya en pollos de engorda en iniciación [Informe técnico]. Centro de Enseñanza, Investigación y Extensión en Producción Avícola (CEIEPAv), Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, Universidad Nacional Autónoma de México.

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